domingo, 30 de diciembre de 2007

allá de donde vengo...

Levante

El viento de levante azota las persianas. La tierra, instantáneamente seca se arremolina. Busca desesperadamente el menor resquicio para entrar a descansar, para abandonar esa alocada danza. Las plantas, plegadas sobre si mismas, se muestran lánguidas, marchitos sus aromas, sus flores se abrasan... Semillas y polen revolotean campando a su antojo.
La gente se afana por cobijarse en las casas, con sus ojos enrojecidos e irritados corren arrebujados, como fantasmas. La ciudad se convierte en un desierto, arisco y yermo. Ventanas clausuradas. En las terrazas el más inocente objeto puede transformarse en un arma mortal...
Al tacto del viento y su contacto, todo se reseca, el aire pierde nitidez, se torna irrespirable, al tiempo que una pátina de polvo envejece, prematura e implacablemente, todo.
Todo queda en suspenso, todo se detiene...excepto el viento...
En las dunas, el paisaje trashumante, cambia.
Los pinos, antaño plantados como anclas muestran sus raíces, dolorosamente expuestas, casi frágiles.
La mar, picada, ruge al son del viento. La arena invade los paseos, frontera de las playas. Tarimas, escaleras y arriates quedan ocultos bajo la marea dorada.
Aún queda la esperanza, a veces, el viento es nuncio de agua.

“Allá de donde vengo todos somos
un poco mar, un pellizco de sal,
un rayo de luna y quizás, tal vez,
una ráfaga de viento y otra de agua...”
Lluvia

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